El poder detrás del trono

El comandante no manda solo. Un "Fouchet" anciano y malamañoso y un tal "Cicerón" saltimbanquero son quienes detentan el poder tras bastidores, reciben las proposiciones, disponen, ordenan, conceden favores y pactan negocios. El comandante, en vez de decidir conforme a sus principios, aparece en televisión con el "corazón partío" y nos encadena a su inmensa pena de la deslealtad inesperada. En la calle, los tres amigos del trato se turnan para soplar secretos de Estado que, de cualquier manera, si ellos "no los fueran dicho, nosotros los fuéramos sabío". Lo que no cuadra en este melodrama es que el amarre de esos cuatro marutos juramentados bajo el samán de Güere haya sido desamarrado por dos gallos de semejante raza.

Pero no ha de qué preocuparse. No pasa nada que no haya pasado antes. Y, como siempre, a nosotros nos sale butaca de primera fila para ser los decepcionados espectadores de un pleito vecinal. Esto nos pasa por andar de optimistas diciendo que ¡Sí!, que pa'lante es pa'llá, que este revolucionario decadente es el hombre, que ahora le toca al pueblo porque somos libres, soberanos y autónomos. Unos soberanos pendejos es lo que somos, comiéndonos los sueños, gastando los últimos churupos de la esperanza, perdiendo hasta el gentilicio.

Aquí no hay cambio, ni revolución. Aquí nadie va a pasar la escoba para limpiar la inmundicia, porque los bedeles de este gobierno, como los anteriores, no barren, berrean. Vienen de ninguna parte, son unos "pelaos" desde la conciencia hasta el bolsillo. Hartos de toda una vida en el intento, casi llegando, casi consiguiendo, ¡por fin! subieron al trono y ahí están ahora, como pandillas de barrio, disputándose el control del territorio, circulando por las "curvitas del poder" en busca del resuelve, del guiso sabrosón. Eso lo aprendieron en la UPA (Universidad Puntofijista Autóctona), donde cada cinco años vendían los mapas de este rally (los próximos saldrán cada seis años y con nuevas rutas).

Alguien ha dicho que si se quiere conocer a una persona, sólo hay que darle poder. Miren, pues, lo que ha hecho el poder en la personalidad y en la conciencia de este santo sin vela que recogió los despechos de un pueblo cansado de promesas. Miren cómo un juramento se convierte en anatema, cómo la adulancia pervierte y corrompe hasta el espíritu de los mejor intencionados. La traición usurpa sin remordimientos la lealtad, la ambición destruye los ideales, la arrogancia corroe los corazones y los lazos de amistad, los advenedizos desplazan a los pioneros.

¿Qué hace Chávez co-gobernando con Miquilena y con José Vicente? ¿Por qué esa dependencia de un soñador con dos frustrados? Sería una estupidez no darse cuenta que quien manda en Venezuela es Miquilena, porque es el que sabe transitar por esos recovecos barriobajeros en donde se planifica la política nacional. Ese par de ancianos de la vieja guardia, cargados de frustraciones y resentimientos, manipula magistralmente a su último discípulo y lo desvía de su rumbo original.

Por su parte, el propio Chávez, que no ceja en su afán de concentrar en su sola persona a Bolívar, a Robespierre, a Maisanta y a Gómez, trata de hacer -digamos que de un modo virtual- lo que su "padre ideológico" hizo, a su vez, con Camilo Cienfuegos y con el Ché Guevara.
El poder detrás del trono El poder detrás del trono Reviewed by Liliana Fasciani M. on 16:45 Rating: 5

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